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Opinión en Libertad

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"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida"

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"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida"

Este artículo se origina en una conversación con una compañera de trabajo que, de tanto distinguir entre “ellos” y “nosotros”, me llevó a pensar por qué somos súbditos y no ciudadanos.

 

Cuentan que en la oscura Alta Edad Media los nobles y el pueblo llano tenían ‘subcontratada’ la salvación de sus almas a los monjes de los monasterios, a los que defendían y alimentaban a cambio de sus oraciones. Nunca se pudo probar la eficacia de este método y el Pueblo de Dios se orientó a una mayor participación de cada individuo en la vida de la Iglesia…

 

Quince siglos después, seguimos igual. Hemos ‘subcontratado’ la organización de nuestra vida social a una clase, algunos llaman ‘casta’, formada por los políticos y nos hemos desentendido de estos asuntos. Cuando las cosas han dejado de ir bien, y muchos de estos políticos han demostrado no tener otro interés que el beneficio personal, hemos abierto una brecha entre ellos (los políticos, las leyes, el gobierno,…) y nosotros, el pueblo. Cualquiera que escuchase una conversación entre españoles, o leyera los diálogos de un grupo de whatsapp, dudaría de la calidad de la democracia en nuestro país ya que todos los males vienen de una orilla que parece que nos haya sido impuesta por fuerzas exteriores. Pero, ¿quién nos ha impuesto a estos políticos? ¿acaso no votamos con frecuencia a quiénes queremos como representantes?

 

Naturalmente, este artículo no debe tomarse como excusa para el latrocinio rampante de algunos que deben caer en manos de la justicia y pagar por sus actos y sus omisiones. Sí, las omisiones son tan culpables como los actos.

 

Pero el juicio que debemos hacer es si esa clase política es tan ajena al pueblo como, cómodamente, solemos pensar. De hecho, no es así. La corrupción en los dirigentes nace de la flojera moral de un pueblo que considera como justo lo que, simplemente, le conviene. Al hablar de moral, no es el tamaño del desfalco la medida. Multitud de pequeñas acciones y actitudes en nuestra vida diaria muestran un talante en el que el bienestar personal está muy por encima del bien común. Si los políticos se aplican el “y tú más”, nosotros usamos el “todos lo hacen” para justificarnos y para transmitirles a nuestros hijos esas carencias éticas.

 

Creo que la solución al problema debe enfocarse en dos caminos. Por una parte, la sustitución de los políticos corruptos por ciudadanos que arriesguen y den un paso adelante; no necesariamente en partidos, sino en sindicatos, asociaciones, plataformas, llevando el país a una democracia más participativa, donde se escuchen las voces de todos. Un buen ejemplo es la publicación de revistas independientes de opinión, como ATRIO. Por otra, el examen individual, y la correspondiente corrección, de nuestras actitudes cotidianas. No es necesario caer en la transparencia calvinista, pero no debemos avergonzarnos de decir en nuestros trabajos, círculos, familias, … que ciertas actitudes no son correctas y que “no todos lo hacen”. No todos eluden el IVA, no todos se ausentan del trabajo o piden bajas sin estar enfermos, no todos pagan sueldos de miseria o exigen trabajo sin remunerar, no todos engrasan a administradores de fincas o sociedades, o a concejales o a cualquiera que administra un dinero que no es suyo, no todos, no todos. Queremos que cada vez sean menos.

 

En un entorno de fuerte individualismo, el lector podrá objetar, indudablemente, “¿por qué una ética social?”, que la ley persiga a los defraudadores debería ser suficiente. Esta discusión podría ser objeto de otro artículo

¿POR QUÉ SOMOS SÚBDITOS, PUDIENDO SER CIUDADANOS?

opinión

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Por: Mariano Fiol Amengual 

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